18/05/2007

Más allá de lo evidente

Curiosidades de las fotografías caseras. Una crónica para ver más allá.

Una modelo da la bienvenida a octubre en un almanaque del 78 de Goodyear, unos tenis Atomik acompañan mi alegría en el Parque Norte al lado de las sombrillitas, unos Forché casi extintos, un overol del Chapulín Colorado, el viejo símbolo de Inravisión congelado en un televisor Hitachi, monocromático con cubre pantalla azul para que parezca de color. Son algunos extractos de ver por enésima vez mi álbum personal, un escaparate de imágenes de esas que se van difuminando con el crecimiento.

Cuando veo un álbum ajeno, es mi costumbre voyeurista, ver más allá de lo evidente, ver más allá del foco central, de la cara festiva, del peinado de Alf, de la bomba (peinado) de mi mamá; me gusta ver más allá de risas y velas, de flores que adornan orejas, de poses de colonizador al lado del bus (con el pie sobre el bómper), de la casa o del tren o del eterno Studebaker.

A mí me gusta ver los otros en las minifotos de Junín, esos que entran a los álbumes sin invitarlos, pero que quedaron congelados porque pasaban por el Club Unión, mientras en el María Victoria exhibían Marcelino Pan y Vino y yo posaba con gafas de carey peinado por Juanita, mi abuela.

Me gusta ver el Simca mil y su placa negra adornado de una valla de Naranja Postobón y de cigarrillos Imperial, me gusta mirar el calzado que usan los posantes, ver mis Croydon azules o unos de cuero tipo posguerra que no sé cómo los acepté.

Ver una botella de Kolkana olvidada o de gaseosa Lux, ver lo que comúnmente no se mira, asomarse en las esquinas de la foto, mirar el que quedó mocho, observar estampados, ver que en los setentas no se usaban colores primarios, ver que una paloma quedó montada sobre otra en algún parque de otra ciudad.

No sólo digerir el texto de la imagen, sino su contexto visual, deducir a qué horas fue y cuántos invitados eran según el número de vasos y la botella de vino Moscatel al lado. Ver más allá de lo denotado me provoca más interés, más análisis, más risas. Me pregunto qué será de los otros, aquellos caminantes anónimos a quienes el flash (o el magicubo) los detuvo, qué edad tendrán hoy o si ya sólo existen en mi álbum.

Es dar una segunda mirada, una que nos deje ver el mundo real y cómo fue, una que nos muestre despeinados o desnudos en una bañera inocente, una segunda mirada que nos haga reír, que confirme que nuestro pasado sucedió alegre; una segunda mirada que nos haga jugar y adivinar con referentes visuales, que nos haga recordar y volver a oler el momento, que nos traiga la grabadora con el REC anaranjado, que nos haga volar en SAM por el pasado, que nos haga sonrojar, que nos haga evaluar.

Los álbumes son mundos de alegría, de fiesta perenne, de rumbas perpetuas, de cumpleaños diarios, de comuniones seguidas, de edades ideales, de calvicies ausentes. Ver el álbum familiar es un ritual de iniciación para algunos; un ritual que invita al iniciado a entrar en el grupo de amistades valiosas para la familia, se le entrega al recién amigo con el mismo protocolo de quien entrega la bandera en un funeral militar, se debe ver siempre en la sala y pasar las páginas acompañado de un jugo casero de tomate de árbol.

A los álbumes de familia hay que verlos todas las veces y cada vez, buscar lo nuevo que tiene para decirnos, hay que darles una segunda mirada y ver más allá de lo evidente.Y para los que saben que recojo cartas de amor del suelo… Sí, también recojo fotos de vez en cuando…

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